jueves, 30 de noviembre de 2017

UNA NOCHE A LA DERIVA (2005)



Resulta eterno el discurso entorno a las diferencias entre la mente femenina y masculina y muy probablemente siga extendiéndose en el tiempo con múltiples teorías que mueren con la misma rapidez con la que surgen. El cine tampoco escapa de sus garras, siendo uno de los temas más utilizados y reutilizados de su historia, aunque siempre se pueden encontrar pequeñas excepciones que consiguen captar nuestra cada vez más exigente atención. Este es el caso de “Conversaciones Con Otras Mujeres”, la segunda producción independiente del director, productor, guionista y editor estadounidense Hans Canosa. Mitad drama romántico, mitad comedia negra, lo cierto es que el sello “indie” a veces asegura descubrir alguna que otra joya difícil de encontrar, como es este caso.

Con tan sólo una obra a sus espaldas, “Alma Mater” (2002), con la que entraría tímidamente en unos pocos certámenes cinematográficos de Norteamérica, el cineasta se lanzó de lleno con una cinta que contaba con un elenco sumamente reconocible y una mayor disposición para salir del país, aterrizando en festivales como el de Valladolid o Tokio, en donde se alzó con el Premio Especial del Jurado. Curiosamente, el éxito en esta ciudad le llevó a realizar una cinta japonesa en 2010, “Memoirs of a Teenage Amnesiac”, que apenas trascendería más allá de las fronteras niponas. Una trayectoria fugaz que, sin embargo, le ha llevado más tiempo del esperado.

Una mujer (Helena Bonham Carter) viaja desde Londres a Nueva York para acudir a una boda en un hotel como dama de honor sustituta aun sabiendo que su expareja estará en el evento. Ella fuma sola en una mesa, mientras habla por teléfono. En el bar, un hombre (Aaron Eckhart) observa atentamente lo que hace. Ambos acaban manteniendo una larga y provocadora conversación que revela sus potenciales. Cada uno utiliza una táctica de acercamiento hacia el otro, creando una tensión sexual que les mantiene en una burbuja, fuera de sus problemas comunes, de sus familias, de su rutina. Su pasado se revela entre diálogos inteligentes, ingeniosos y repletos de irresistibles dobles sentidos que amenizan la extraña noche que están pasando los dos.   

Toda una original reflexión sobre las relaciones sentimentales, las emociones contenidas, los encuentros fortuitos y las segundas oportunidades, que no duda en ir al grano desde el primer momento. En apenas 84 minutos de metraje, las palabras desfilan sin respiro, con sumo tacto, sin malgastar saliva. Un diálogo brillante que ensalza una excelente narración, sin ataduras, al igual que la conexión que surge entre ambos personajes. Canosa demuestra hábilmente cuáles son sus verdaderos objetivos en esta obra, otorgando todo el protagonismo y libertad a ambos de manera equitativa. Las conversaciones transcurren siempre de forma acertada, con paso firme, sin titubeos, pero sus últimos minutos se debaten entre las fantasías y la cordura, los amores y engaños; en definitiva, la interrupción de la deriva del ser humano por la necesidad de tomar una decisión inminente.

Una brillante y encantadora Helena Bonham Carter despliega desparpajo, descaro y ternura. Los recuerdos resurgen en su fugaz viaje gracias a la presencia de él, lo que provoca que, aunque no quiera, se deje llevar por una nostálgica atmósfera que representa la figura del “otro”. La camaleónica actriz luce diferente, natural, sin excentricidades, tan sólo es ella, una mujer en los 40, que posee la estabilidad a más 5.000 kilómetros del hotel. Por su parte, el seductor Aaron Eckhart muestra seguridad a cada paso, pero también expone su mayor debilidad demasiado rápido en un juego que, en algunos instantes, expone sus egos, no con el fin de sentir superioridad frente al otro, sino de fortaleza, serenidad. Los dos conforman una pareja explosiva, vibrante, hipnótica y carismática, convirtiéndose en la mejor apuesta posible.

Más reconocida es la labor del director de fotografía norteamericano Steve Yedlin. Debutando en el largometraje con “Fashionably L.A.” (Tamara Olson, 1999) y, posteriormente, la varias veces premiada “May” (Lucky McKee, 2002), comenzó a destacar en el cine “mainstream” con las cintas “Looper” (Rian Johnson, 2012), “Carrie” (Kimberly Peirce, 2013) o Star Wars: Episodio VIII. Los Últimos Jedi” (Rian Johnson, 2017). En esta ocasión, la pantalla es dividida en dos, mostrando siempre la doble cara de la relación, forzando la atención del espectador, pero, a su vez, facilitando la oportunidad de comprender la psicología de cada uno de los personajes. A esta fragmentación visual se unen los flashbacks de una vida pasada, una juventud alocada llena de esperanzas, compromisos, planes de futuro y relaciones idílicas que acaban truncándose fácilmente y que resurgen en la imagen como una confrontación con el presente. La obra de Canosa no termina de ser redonda, pero sí un proyecto bien planificado, centrado, reposado y ejecutado y precisamente este cuidado y mimo se aprecia a cada instante. Es por eso que, muy posiblemente, “Conversaciones Con Otras Mujeres” sea uno de los pocos largometrajes que someten a juicio las relaciones sentimentales de la forma más sencilla y realista posible. Tal vez éste sea el aspecto más sensato, puesto que sus personajes, en cambio, pierden la razón a la mínima oportunidad, dejándose llevar por los deseos y por una intimidad que, en realidad, sólo recupera una pequeña fracción de su juventud, ya lejana.

Lo mejor: la obra perdería parte de su labor si no hubiera contado con tan fantástico reparto.

Lo peor: la constante sensación de que la deriva nos empuja a todos a desear vivir nuevamente en el pasado.


jueves, 23 de noviembre de 2017

LOCOS POR LA CULTURA POP (1969)



En 1969, el mítico autor guipuzcoano Iván Zulueta se lanzó de lleno al mundo cinematográfico con su ópera prima “Un, Dos, Tres… Al Escondite Inglés”, tras los cortometrajes “Ágata” (1966) y el controvertido “Ida y Vuelta” (1968), una pieza que serviría como proyecto final de sus estudios y con la que suspendió, aunque le valió un puesto en la productora del popular director y guionista zaragozano José Luis Borau. Así es como termina abandonando la Escuela Oficial de Cinematografía y, sirviéndose de un pequeño coqueteo televisivo al dirigir el magazine “Último Grito”, dio por iniciada su etapa más psicodélica. Influido por los nuevos cines surgidos en Europa desde finales de los años 50, en especial por la nueva ola británica, el cineasta se entregó a la necesitada modernidad con un trabajo disparatado que seguía descaradamente los pasos del realizador Richard Lester, aquél que dedicó parte de su carrera a trasladar a unos jóvenes Beatles a la gran pantalla con las inolvidables “Qué Noche la de Aquel Día” (1964) o “¡Socorro!” (1965), entre divertidas travesuras como “El Knack… Y Cómo Conseguirlo” (1965).

Con muy escaso presupuesto y la colaboración desinteresada tanto de varios artistas y bandas musicales del momento, como Fórmula V, Ismael, Los Mitos, Los Pop Tops o Henry y los Seven; como de amigos del autor, el proyecto se puso en pie sin necesidad tan siquiera de un guion. Con la improvisación por bandera, el equipo de Zulueta tan sólo se reunió la noche anterior al rodaje para marcar ciertas pautas con las que trabajar a cargo del director y guionista madrileño Jaime Chávarri. Así, de una forma tan inesperada, cobró vida la historia de un grupo de jóvenes que intentarán boicotear a toda costa la canción “Mentira, Mentira”, seleccionada para representar a España en el festival internacional Mundocanal. Patty (Patty Shepard), Judy (Judy Stephen), Justa (Mercedes Juste), Rosco (José María Íñigo), Antonio (Antonio Drove), Carlos (Carlos Garrido) y Gasset (Ramón Pons) dedicarán sus esfuerzos a buscar al grupo que pretende entonar tal desfachatez sobre el escenario.

Un año después del triunfo de Massiel en Eurovisión, el argumento de “Un, Dos, Tres… Al Escondite Inglés” sirve de parodia para una película que, en su momento, era totalmente atípica en el país. Con inevitables errores tal vez por las prisas en su grabación, la inexperiencia del cineasta o los obligados cortes de la censura, lo cierto es que la cinta es el puro reflejo del momento que vivía el cine fuera de las garras del franquismo y todo gracias a las inquietudes artísticas de Zulueta, quien aprovechó su viaje a Nueva York para empaparse de la fulgurante cultura pop y psicodelia que dominaba la escena cultural de los sesenta. De ahí que Borau siempre alabara su amplio saber y excepcional talento para las artes, razón que le serviría para contar con él en esta primera producción. 

Narrativamente vacía, pero con gran valor simbólico, el largometraje se cubre de gloria a nivel visual gracias a sus grandes estridencias, colores chillones, tendencias experimentales y un montaje trepidante que, a modo de videoclip, suponen toda una perfecta radiografía de la juventud de la época a través de la mirada del director de fotografía zamorano Luis Cuadrado. El propio Zulueta fue el encargado de pintar los decorados, en donde toman protagonismo los vinilos y las figuras geométricas, elementos que juegan un papel fundamental a la hora de representar a varias generaciones. En sus precisos 90 minutos, no hay respiro, sino carreras, rebeldía, disputas, bailes, canciones, globos explosivos y viveza. 

Tras el metraje, se esconde el choque con la burocracia. A pesar de que en su inicio se proclama que la cinta es de Zulueta, en sus créditos finales firma Borau a la dirección. Durante el franquismo, los cineastas debían poseer el carnet del sindicato de directores para poder ejercer su oficio. Sin embargo, al no terminar sus estudios en la Escuela Oficial de Cinematografía ni haber escalado en la profesión como el resto de autores, Zulueta no pudo presentar legalmente su obra, pero, al menos, pudo ver la luz con el fuerte respaldo de Borau. Eso sí, tardaría un año en estrenarse, pero lo haría por todo lo alto, en el Festival de Cannes de 1970. Tras ello, el largometraje quedó relegado a los cines de arte y ensayo, siendo disfrutado por un público al que originariamente no iba destinado. Bien es sabido que este hecho se convirtió en una de las espinas del autor, que vio cómo su ópera prima no llegaba a la juventud y que, a pesar de haber logrado exhibirla, lo hacía como una película algo “pasada de moda”.

La experiencia de Zulueta con “Un, Dos, Tres… Al Escondite Inglés” le llevó a regresar nuevamente al cortometraje. Tendrían que pasar 9 años para que por fin llegara su producción más importante, “Arrebato”, que se alzó con dos premios en el Festival Fantasporto de Portugal en 1982. Un trabajo mucho más vanguardista, experimental y serio que pasaría a formar parte de la historia del cine español como una de las cintas emblemáticas de la movida madrileña, aunque permaneciera olvidada durante toda la década de los 90. Con ella, terminaría su viaje por el mundo cinematográfico, dejando atrás varios cortometrajes que fueron premiados a nivel internacional, pero que nunca lograron ser reconocidos en España.

Lo mejor: el valor simbólico que posee la película y el contexto en el que se llevó a cabo.

Lo peor: la gran cantidad de errores narrativos, que, en realidad, forman parte del encanto de un primer experimento cinematográfico.


lunes, 20 de noviembre de 2017

LA LLAMA DEL ACTIVISMO SINDICAL (1995)



Jon Tae-Il se convirtió en todo un símbolo de la manera más inesperada. De la noche a la mañana, su cruel y voluntaria muerte conmovió a la población hasta ser recordado hoy en día como uno de los más importantes activistas de Corea del Sur. A finales de la década de los 60, las condiciones laborales en el país eran sumamente precarias, con jornadas de trabajo que se extendían sin fin, empleados afinados en espacios prácticamente inhumanos, niños explotados que abandonaban la escuela para poder ayudar a sus familias, etc. El pueblo se movilizaba bajo la amenaza del gobierno dictatorial de Park Chun-Hee, que sofocaba cada protesta de la peor manera posible. Con este panorama, surgió un joven activista, que trabajaba como sastre, mientras veía cómo se deterioraba la salud de sus compañeros en una pequeña habitación del mercado Pyeonghwa de Dongdaemun, en Seúl. Este es el recuerdo que retrata el que fuera quinto largometraje del cineasta surcoreano Park Kwang-Su, “A Single Spark”, un drama que rinde homenaje a quien llevó un paso más allá la lucha por los derechos, hasta el punto de cambiar por completo el panorama laboral de Corea del Sur.

Con apenas 22 años, Jon Tae-Il (Hong Kyoung-In) trabaja cada día en la penumbra de un pequeño cuarto sin ventilación. Esto provoca que algunos empleados comiencen a mostrar síntomas de tuberculosis, mientras que otros tantos reciben inyecciones de anfetaminas para rendir más horas en el trabajo sin recibir una compensación a cambio. Forma parte de su vida laboral y, como tal, casi todos lo aceptan de forma normalizada. Todos se han habituado a vivir bajo esas condiciones, pero Jon Tae-Il no puede evitar sentir que debe hacer algo por ellos. Es, por eso, que se moviliza junto a otros estudiantes para cambiar su futuro, creando conciencia a su paso, pero la administración nunca le presta atención, alegando que su actitud no ayuda a la evolución del país. Ante tanta impotencia, su única salida es exponer el sufrimiento de todos ellos de la manera más impactante posible, con su muerte.

El director Park Kwang-Su presentó esta obra en el Festival de Berlín de 1996 con una cuidadosa narración elaborada por el popular autor Lee Chang-Dong, siendo el punto fuerte en el que se sustenta la cinta. Precisamente, su esmerada labor no descansa en los poco más de 95 minutos de metraje, en los que su marca autoral queda presente a través de silencios reveladores. El merecido biopic de Jon Tae-Il, que transcurre pausadamente entre elipsis, termina desembocando en un clímax francamente espeluznante, en donde la imagen se detiene ante el dolor, dilatado hasta su máxima expresión. Pasado y presente se entrecruzan de forma compleja, con grandes paralelismos que sirven para no sólo capturar un cercano retrato del protagonista, sino también para revelar el recuerdo de quien investiga sobre él, el escritor Kim, en este caso, encarnado por el actor Moon Sung-Geun, el cual es perseguido por la justicia. La película viene a recordar que el fallecimiento de Jon Tae-Il no detuvo las protestas, sino que siguieron teniendo muy presente su alma cada vez que se alzaba la voz.

Hong Kyoung-In apenas es conocido a nivel internacional, a pesar de haber formado parte de películas que gozan de gran popularidad, como “Secretly Greatly” (2013), de Jang Cheol-Soo; o “Apostle” (2014), de Kim Jin-Moo. Sin embargo, su labor en “A Single Spark” resulta de lo más destacable, muy especialmente por la magnífica expresividad a la que recurre en los instantes más decisivos. Por su parte, Moon Sung-Geun es mucho más familiar para el espectador occidental que haya disfrutado en más de una ocasión del cine surcoreano. Su rostro traspasó las fronteras desde su debut con “The Black Republic” (1990), en donde colaboraría por primera vez con Park Kwang-Su. Tras ello, le seguirían éxitos tales como “The Road to the Racetrack” (Jang Sun-Woo, 1991), “A Petal” (Jang Sun-Woo, 1996) u “Oh! Soo-Jung” (Hong Sang-Soo, 2000), en su primera etapa, así como “Hwayi: A Monster Boy” (Jang Joon-Hwan, 2013), “Un Monstruo en mi Puerta” (July Jung, 2014), “Niebla” (Shim Sung-Bo, 2014) o “En la Playa Sola de Noche” (Hong Sang-Soo, 2017), entre los últimos tiempos. Pocas veces le encontramos en papeles protagónicos y, aunque en “A Single Spark” se mantiene tras la presencia de Jon Tae-Il, el valor de su personaje es superior de lo que a simple vista se aprecia, puesto que representa a toda la población surcoreana, a todos aquéllos que siguen luchando cada día y que rinden homenaje al activista.

El ya fallecido director de fotografía You Yong-Kil lleva a cabo un trabajo con cierto toque documental y experimental. La complejidad de entrecruzar dos tramas entre dos épocas se difumina gracias al aspecto visual, en el que el pasado se funde entre el blanco y negro sobreexpuesto y el presente transcurre a todo color. La figura de Jon Tae-Il se apaga en un ambiente opresivo, claustrofóbico y siniestro, entre retales y panfletos, entre enfermedades y palabras ignoradas. Así es como “A Single Spark” se convierte en un sincero homenaje, aunque no cause tanto impacto entre el público occidental como supuso en su momento en Corea del Sur. Un recuerdo impregnado por la muerte de quien marcaría un antes y un después en la historia del país.

Lo mejor: la lectura que se extrae de la cinta con respecto a la lucha de los derechos laborales.

Lo peor: el extremo al que se tuvo que llegar para poder evolucionar en la vida real.