lunes, 2 de octubre de 2017

EL CAMINO A LA LOCURA (2015)



Mirar desde lejos cómo la escasez del agua domina al hombre en ciertas partes del planeta es la postura más cómoda posible hasta que, de repente, se nos presenta un escenario demasiado cercano y nada descabellado. Precisamente, es la ópera prima de la directora libanesa Joyce A. Nashawati un perfecto ejemplo de ello. “Blind Sun” nos aproxima a un paraje tan apocalíptico como familiar, generando un resultado de lo más inquietante y, por supuesto, reseñable sin necesidad de grandes presupuesto ni alardes de ningún tipo. Tal es así que los festivales de Atenas, Bruselas, Fantasporto, Tesalónica y Toronto se rindieron a los encantos de esta producción francesa a la que recibieron con premios realmente merecidos.

Tras realizar tres cortometrajes de suspense, “Le Parasol” (2008), “La Morsure” (2009) y “La Permission” (2013), siendo el segundo el que más rodó entre certámenes internacionales, entre ellos, el de Sitges; la autora decidió dar un paso al frente con un trabajo que presenta un futuro en el que la tremenda sequía está provocando la mayoría de los conflictos sociales. A pesar de las extremas medidas gubernamentales, Grecia se ha convertido en un paraje árido y desértico que dista mucho de la imagen tan idílica de sus paisajes. Ashraf Idriss (Ziad Bakri) es un inmigrante árabe que ha sido contratado por una pareja francesa, Gilles (Louis-Do de Lencquesaing) y Katerina (Mimi Denisi), para cuidar su finca en su ausencia. Sin embargo, antes de llegar hasta la casa, Ashraf es registrado por un policía (Yannis Stankoglou), el cual le roba los papeles. Esta situación de irregularidad le lleva a tener que desplazarse hasta la comisaría del pueblo más cercano constantemente, debido a la ineptitud de los agentes de seguridad. De repente, esta preocupación pasa a un segundo plano cuando advierte que no sólo está siendo vigilado, sino que, además, alguien ha entrado en la casa sin haberse percatado de ello.

La propuesta de Nashawati mantiene la intriga a fuego lento entre un clima ambivalente que se sumerge entre los límites de la realidad y la ilusión sin distinciones. El excesivo calor puede jugar malas pasadas no sólo a los personajes, sino también al propio espectador, creando un curioso engranaje entre piezas amenazantes, sombras inquietas y el fantasmal silencio de un escenario con demasiada quietud. En plena tierra hostil, el protagonista se desenvuelve en la más temible soledad y la inquietante sensación de que puede suceder cualquier contratiempo mientras las décimas no dejan de subir en un termómetro que no permite tregua alguna.

La autora da un giro a la típica narrativa en torno al “otro”, al ser que se inmiscuye en una historia, rompiendo, así, la rutina. Precisamente, esto sucede porque Ashraf es ese “otro”, esa persona que llega a un nuevo espacio en el que se siente extranjero desde el primer minuto. Pero también existen “otros” que se interponen en su trabajo, “otros” que, sin explicación alguna, rompen su tranquilidad. Con tan sólo unos pocos detalles y muchos menos escenarios, Nashawati lleva a cabo un trabajo de lo más meritorio que, a pesar de no ser perfecto ni erigirse como una de las grandes producciones del año, supone todo un interesante debut en el mundo del largometraje para todo aquél que disfrute de la creciente tensión de un thriller diferente.

No obstante, ese minimalismo que tan bien maneja la cineasta viene acompañado por una labor fotográfica magnífica, capaz de asfixiar desde el primer instante, de hacer respirar fuego hasta alcanzar un punto de ebullición de lo más angustioso. El director griego Giorgos Arvanitis es el encargado de sobrexponernos a esta situación, de acentuar los tonos cálidos hasta límites insospechados y de crearnos la ilusión de que el azul embriagador del agua de la piscina puede llegar a ser la octava maravilla del mundo. Pero claro, esto sólo puede hacerlo alguien como Arvantis, con una extensa trayectoria en la industria cinematográfica griega desde 1968. Tan hipnótica resulta la imagen de “Blind Sun” que no es de extrañar que se premiara su creatividad tanto en Toronto como en Bruselas.

Por su parte, el actor palestino Ziad Bakri se encarga de llevar sobre sí mismo todo el peso de la narración, provocando que no sea necesaria la presencia de nadie más a su paso. Por eso mismo, Nashawati desarrolla ampliamente todo el proceso psicológico que conduce a Ashraf hasta la locura, hacia la pérdida de todo sentido. La psicosis en la que se baña el personaje termina pasándole factura y, mientras trata de resolver el robo de sus papeles ante las autoridades, todo se vuelve extraño, caótico, inseguro. Sin remedio, es conducido a una caza furtiva, a una espeluznante sin razón en un mundo que se consume a sí mismo. “Blind Sun” esconde desesperación, crítica, egoísmo y destrucción y lo plasma desde el más puro aislamiento emocional y geográfico, desde un juego desafiante para el espectador en el que se hace uso de una aterradora sencillez con aires de apocalíptica advertencia.

Lo mejor: la inigualable labor realizada por el cineasta Giorgos Arvanitis. La poderosa interpretación de Ziad Bakri.

Lo peor: la lentitud con la que se desarrolla la historia y la gran abundancia de silencios puede hacer que el espectador poco acostumbrado a este tipo de películas sienta una total desconexión.



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