jueves, 26 de enero de 2017

LA RADICALIZACIÓN DEL DESEO (1947)



Kenneth Anger es uno de los directores de mayor influencia en el cine y el mundo del videoclip. Sus polémicas obras no han dejado indiferente a todo amante del séptimo arte, pero, hasta la fecha, no ha recibido la atención y el interés que se merece. Precursor del cine underground en una época en la que comenzaba a dar sus primeros pasos, decidió grabar durante un fin de semana en la casa de sus padres, en California, lo que hoy conocemos como “Fireworks”, un simbólico metraje sobre cuestiones que han sido tabú en la sociedad durante demasiado tiempo. La homosexualidad, el erotismo y el sadomasoquismo se erigen como hilos conductores en una pieza experimental que recrea una fantasía masculina, un trance propio del cine onírico que plasma las preocupaciones de la juventud y la represión social.

Como es obvio, es uno de los precedentes más importantes del queer cinema, promoviendo todo un discurso de la identidad, a través del cual, se refleja cómo la persona es simplemente materia con sus propias manías, fobias, obsesiones, deseos, etc., como ocurre en este caso. En todo momento se puede observar la gran complejidad fluctuante entre dos realidades, una que fluye en un plano surrealista y otra que se encuentra anclada en la realidad. Anger encarna el papel protagónico de un joven de 17 años que sueña con ser violado y sodomizado por dos marineros, la figura clásica del fetichismo gay. Las imágenes entre penes, fuegos artificiales, sangre, provocación y homoerotismo se suceden hasta confluir en un proyecto sumamente arriesgado para ser exhibido ante la censura del Código Hays. El dolor y el placer se recrudecen y se funden en fascinación, posesión y violencia durante un hipnótico viaje en el que la luz toma un inusitado protagonismo, puesto que el autor hace uso de ésta desde un punto de vista técnico a la par que metafórico.

Igualmente, se trata de una obra muy rica en matices, puesto que arrastra influencias vanguardistas de la posguerra estadounidense y del surrealismo de cineastas como el francés Jean Cocteau, que no tardaría en proclamar su ferviente admiración por el trabajo de Anger; o, sin ir más lejos, el mismísimo Luis Buñuel. En este sentido, posee los primeros rasgos del posterior cine moderno al que se suman influencias de las polifacéticas artistas Leni Riefenstahl y Maya Deren. Sin embargo, no han sido pocos los intentos de detener a Anger y destruir la impactante “Fireworks”, que, supuestamente, era un claro ejemplo de obscenidad e inmoralidad. Su clasificación oficial como pieza artística y, posteriormente, obra de culto, ha conseguido salvarla hasta nuestros días para gozo y disfrute de todo cinéfilo. Una composición narrativa y visual totalmente radical que se ha ganado un privilegiado espacio en la historia del cine y, por supuesto, un indispensable visionado por quienes deseen conocer los orígenes de un movimiento y el valor de un autor sin tapujos.



jueves, 19 de enero de 2017

EL MECANISMO DEL CINE (1924)



No fueron muchos los artistas que se interesaron por las novedades tecnológicas en los principios del siglo XX. Pocos se atrevieron a crear imágenes en movimiento y, aún menos, trasladar el arte a la estética del cine. Precisamente, hablamos de la época de las vanguardias, cuando el futuro séptimo arte recibió las coqueterías de algunos artistas que no se consideraron, en ningún instante, cineastas. Esta curiosa familia veía el cine como parte de la modernidad, del encanto de una evolución que se prestaba a su servicio. La fascinación por un artilugio que les permitía hacer volar su imaginación y dar rienda suelta a su creatividad les llevó a admirar el cine desde su capa más externa.

“Ballet Mécanique” es un pequeño metraje realizado por Fernand Léger y Dudley Murphy, a quienes se les puede ver junto a la embriagadora estética que muestran Katherine Murphy y la maravillosa musa europea Alice Prin, popularmente conocida como Kiki de Montparnasse. El cortometraje es una de las piezas más importantes de la historia del cine, aunque todavía no se ha llegado a un acuerdo en cuanto a su catalogación. Sin embargo, de lo que no cabe duda es de que posee un planteamiento abstracto absolutamente radical para su época. Concebida para ser la antesala de una película de corte dadaísta que compartía título, en la que el inigualable artista modernista Man Ray también participaba, experimenta en su tratamiento de las formas, las cuales son transformadas, desplazadas.

Los rápidos planos prácticamente fugaces que rozan la violencia visual en determinados momentos y que hacen resaltar la propia plasticidad visual conectan a partir de transiciones de gran variedad rítmica que fluyen entre pausas y generan diferentes niveles de intensidad. La repetición a través de las figuras geométricas en contraste con la expresividad del ser humano va en aumento a lo largo del transcurso del metraje, de tal manera que los objetos y sujetos quedan despedazados al más puro estilo cubista. Esta hibridación también suma ciertos toques más característicos del futurismo y surrealismo, añadiendo un valor canónico a la obra. Esto se debe a la fijación por materializar la parte mecánica del cine, puesto que viene a evidenciar las diversas influencias de otros autores coetáneos y sus respectivas corrientes. 

No existe una ambientación, sino tan sólo la actividad de los objetos, tradicionalmente insignificantes, y su relación con la humanidad desde la obsesión de Léger. Con la llegada de la era digitalizada, por fin se tuvo la oportunidad de disfrutar de la música original, composición del músico norteamericano George Antheil, junto a las imágenes de “Ballet Mécanique”, el fascinante trabajo de Léger y Murphy. Una pieza indispensable para comprender la historia del cine, de la no narración, del arte prestado a la imagen en movimiento y de, mismamente, la clásica visión de la modernidad. Por supuesto, tras más de 90 años, se requiere un gran ejercicio mental por parte del espectador actual, que debe tener en cuenta el contexto y, por tanto, el valor que se desprende de este magnífico e inigualable metraje.