miércoles, 30 de septiembre de 2015

EL TORMENTO TRAS EL ETERNO ÉXITO (2007)

26 de julio de 1976. Manchester. Los míticos Sex Pistols llegan a la ciudad para dar un concierto en el Manchester Lesser Free Trade Hall. Una noche que cambiará la vida de los integrantes de Warsaw, la primera agrupación de lo que posteriormente conoceríamos como Joy Division, el grupo de post-punk que pasó a ser todo un referente en la historia de la música, pese a su corta trayectoria. El retrato de la banda viene recogido por el cineasta británico Grant Gee, un ya casi veterano autor en biopics, que se estrenó en el género documental con “Meeting People Is Easy”, en el que exploraba la fama que han labrado los componentes de Radiohead

Los inicios del metraje de “Joy Division” parten de las calles de tan gris e industrializada localidad, en la que la juventud estaba predestinada a formar parte de ese engranaje de fábricas. Su futuro quedaba escrito entre las constantes crisis laborales, entre la supervivencia de una población que se oscurecía a pasos agigantados. Sin embargo, a pesar de esta siniestra imagen, en sus rincones se podía respirar el comienzo de una insurgencia cultura y musical que ya se había producido en otros lugares como Londres. Gee y el guionista y periodista Jon Savage tienen facilidad para situarnos en el contexto para comprender las futuras decisiones de la agrupación, cuyos miembros se enfrentan a la cámara para revelar la verdad de muchos mitos que les rodearon y conocer de cerca, sobre todo, la figura del cantante Ian Curtis

Los integrantes que aún viven, Peter Hook (bajo), Stephen Morris (batería) y Bernard Sumner (guitarra y teclados), se unen a las declaraciones de los más cercanos a la banda, de productores, diseñadores, músicos e, incluso, de Annik Honoré, la amante belga del vocalista que, por primera vez, se muestra ante las cámaras para contar su propia versión. Hora y media de entrevistas y testimonios, videoclips, intervenciones televisivas, material inédito de conciertos y en formato de audio, y la esencial presencia de la esposa del líder, Deborah Curtis, a través de diversas citas y juicios extraídos del libro que escribió tras el fallecimiento de su marido, “Touching From The Distance”. Un retrato humano y terrenal sumamente completo y apasionante que no sólo trata de Joy Division, sino también de quien se convirtió en la imagen y atracción principal, Curtis.

Desde Warsaw hasta New Order (la formación que llegó tras la desaparición del líder), el grupo tardó en encontrar su propio estilo, pasó por grandes altibajos, anécdotas, discusiones, la enfermedad de Ian, su infidelidad, sus composiciones y posibles significados, etc. Atravesamos el umbral de la fama y la engañosa mitificación para dar un paso más allá, dentro de las emociones de quienes contribuyen con sus declaraciones, en la culpabilidad de algunos y la nostalgia de otros. Conseguimos entrar en el oscuro mundo de un hombre atormentado, de quien es víctima de sus propios pensamientos, los mismos que le encerraron en una especie de cárcel que le llevó al suicidio en 1980.

Gee y su equipo exploran cada rincón de la historia de la agrupación, presentando no sólo lo que más conocemos de Joy Division, sino también aportando grandes novedades que complementan perfectamente la visión que de ellos podemos tener. Es inevitable que surjan ciertas preguntas que hurgan en el dolor y la pena, al igual que las más superfluas sobre fiestas y cuestiones mucho más banales que apenas tienen importancia.  

La fusión entre imágenes en blanco y negro y color, algunas de baja calidad, obligan a despertar al espectador de cualquier tipo de monotonía, creando un documental que, en conjunto, es puro dinamismo. Incrementa su interés a su paso, sobre todo, en los momentos en los que nos acercamos a tan increíble mente y cómo el destino hace que desaparezca en cuerpo, dejando un alma plasmada en cada una de sus depresivas composiciones. Una carrera con tan sólo dos discos a sus espaldas, “Unknown Pleasures” y “Closer”, pero con un sinfín de recopilatorios, directos y ediciones especiales editados una y otra vez, cantidades ingentes de merchandising y un ídolo musical histórico, único e inigualable. Siguen siendo uno de esos grandes referentes que todo amante de la música debe saber disfrutar y, como tal, es indispensable visionar este documental, no sólo para quien ya es seguidor, sino también para quienes gusten de pequeñas joyas como “Joy Division”.

Lo mejor: puro dinamismo en un metraje que no intenta idolatrar, sino hacer más terrenal a quien los tiempos han encumbrado. Muy notable aportación la de Gee que, sin duda, no pasará desapercibida en su trayectoria profesional.

Lo peor: los momentos más banales, que resultan inevitables.



lunes, 28 de septiembre de 2015

63ª EDICIÓN DEL FESTIVAL INTERNACIONAL DE CINE DE SAN SEBASTIÁN (2015)

La noche del sábado 26 de septiembre se daba por clausurada la 63ª edición del Festival Internacional de Cine de San Sebastián en una gala presentada por la actriz Aitana Sánchez Gijón y la comunicadora vasca Edurne Ormazabal. Con unos galardones realmente repartidos y sin un claro favorito ante tanta variedad, las apuestas no sabían qué dirección tomar, por lo que, finalmente, ha habido más de una sorpresa. Resulta curioso ver cómo las cintas que parecían despertar un mayor interés, no han tenido un hueco entre el palmarés principal. Hablamos de “Sunset Song” de Terence Davies, “Back To The North” de Liu Hao, “Lejos del Mar” de Imanol Uribe, “High-Rise” de Ben Wheatley, “Freeheld” de Peter Sollett o, incluso, “El Niño y la Bestia” de Mamoru Hosoda



SECCIÓN OFICIAL:

- Premio Concha de Oro: “Sparrows”, del director y guionista islandés Rúnar Rúnarsson. Inesperado acierto el de este largometraje, aunque es verdad que el público la aplaudió sobradamente durante el pase oficial. La presidenta del Jurado Oficial, Paprika Steen, hacía entrega del galardón al creador de esta coproducción islandesa-danesa-croata, que cuenta la historia de Ari (Atli Oskar Fjalarsson), un joven de 16 años que debe mudarse de Reikiavik a la región de los fiordos occidentales para convivir con su padre alcohólico, Gunnar (Ingvar Eggert Sigurðsson). El adolescente deja atrás a su madre para adaptarse a una nueva vida, a unos amigos muy cambiados y a un lugar en el que en verano nunca anochece, mientras que en invierno apenas sale el sol.

- Premio Especial del Jurado: “Evolution”, de la realizadora y guionista francesa Lucile Hadzihalilovic. Una pequeña distinción para la coproducción franco-española-belga que presenta una perturbadora experiencia en la que Nicolas (Max Brebant) nos guía a través de una isla habitada por mujeres que investigan médicamente en jóvenes. Un relato siniestro que mantiene un imaginario visual realmente potente y atractivo y que no deja de ser la propuesta más controvertida de esta edición.

- Concha de Plata a la Mejor Dirección: para el belga Joachim Lafosse por su película “Les Chevaliers Blancs”. Un más que merecido galardón para quien ha sabido buscar la reflexión en el espectador gracias a la mirada de una periodista, Françoise Dubois (Valérie Donzelli) que se une a los integrantes de una ONG para sacar de Chad a 300 refugiados de la guerra civil. Una experiencia que pondrá al límite a los integrantes de la organización.

- Concha de Plata a la Mejor Actriz: la cubana Yordanka Ariosa se alza con el premio por su espléndida intervención en “El Rey de la Habana”, del autor y guionista Agustí Villaronga. Situada a finales de los 90, relata la supervivencia de Reinaldo, Magda y Yunisleidy. Los límites del hambre y la miseria de un país en una de sus peores crisis, con unos personajes que extreman la pasión, el amor y el sexo como forma de evasión.

- Concha de Plata al Mejor Actor: un doble galardón histórico para los grandes protagonistas de la noche, Javier Cámara y Ricardo Darín por su fantástico trabajo realizado en “Truman”, uno de los largometrajes españoles más esperados del año que se estrena el viernes 30 de octubre. Era imposible otorgar un único premio a uno de ellos y es que ambos funcionan como un perfecto pack que sirve de engranaje vital para desarrollar la historia de dos amigos, Julián y Tomás, que repasan sus recuerdos en una última despedida.

- Premio del Jurado a la Mejor Fotografía: para el belga Manu Dacosse por su labor en “Evolution”, de Lucile Hadzihalilovic. Un fascinante despliegue contemplativo sobre el fondo del mar y oscuros escenarios para dar rienda suelta a un imaginario siniestro y opresor.

- Premio del Jurado al Mejor Guion: Arnaud y Jean-Marie Larrieu por “21 Noches con Pattie”, la comedia dramática de ambos autores que viene protagonizada por Isabelle Carré en su papel de Caroline, una mujer que intenta organizar el funeral de su madre, Isabelle. Sin embargo, todo se complica cuando el cadáver desaparece.

- Mención Especial de Jurado: “El Apóstata”, la cinta del cineasta uruguayo Federico Veiroj que se estrena en la cartelera española el próximo viernes 2 de octubre. Nos sumergimos de lleno en la intimidad de Gonzalo Tamayo (Álvaro Ogalla), un hombre entrado en la treintena que mueve cielo y tierra para eliminar su registro de los libros eclesiásticos.



PREMIOS PARALELOS:

- Premio Kutxabank-Nuev@s Director@s: para la francesa “Le Nouveau”, de Rudi Rosenberg. Menciones especiales para la sueca “Drifters”, de Peter Grönlund, y la chilena “La Vida Sexual de las Plantas”, de Sebastián Brahm.

- Premio Horizontes: para la coproducción argentina-franco-brasileña “Paulina”, de Santiago Mitre, un remake del clásico argentino de mismo título que sigue las vivencias de una abogada que es interceptada y atacada por una patota. Menciones especiales de dos coproducciones mexicanas, para Luis Silva por su interpretación de Elder en “Desde Allá”, de Lorenzo Vigas; y para “Te Prometo Anarquía”, de Julio Hernández Cordón.

- Premio Irizar al Cine Vasco: indudablemente para “Amama”, el drama de Asier Altuna, que se estrena el viernes 16 de octubre en la cartelera española. Mención especial también para Irene Escolar, por su actuación en “Un Otoño Sin Berlín”, de Lara Izagirre.

- Premio del Público: exclusivamente entregado a parte de la presencia asiática del certamen. El afamado director japonés Hirokazu Koreeda se alza con el galardón por su última obra, “Nuestra Hermana Pequeña”. Por su parte, el Premio Película Europea recae en otro consolidado realizador, el chino Jia Zhang-Ke, por su trabajo “Mountains May Depart”.

- Premio EZAE de la Juventud: segundo acierto para “Paulina”, del autor y guionista argentino Santiago Mitre

- Premio Encuentro Internacional de Estudiantes de Cine: con un primer premio para “Nueva Vida”, de Kiro Russo (Universidad Del Cine de Argentina), un segundo lugar para “El Enemigo”, de Aldemar Matías (Escuela Internacional de Cine y Tv de Cuba) y el tercero para “Wada’/Prediction”, de Khaled Mzher (Deutsche Film – und Fernsehakademie Berlin). Dentro de esta categoría, también se entregaron el Premio Orona para, de nuevo, el filme de Kiro Russo, “Nueva Vida”; y el Torino Award para “Volando Voy”, de Isabel Lamberti (Netherlands Film Academy).

- Premio Tokyo Gohan Film Festival: para el documental británico-danés “Noma, My Perfect Storm”, de Pierre Deschamps.

- Premio Cine En Construcción: “Era O Hotel Cambridge”, de Eliane Caffé

- Premio EGEDA al Mejor Proyecto: “La Omisión”, del argentino Sebastián Schjaer. Mención especial al proyecto “Memorias del Calabozo”, de Álvaro Brechner

- Premio TVE – Otra Mirada: un tercer galardón para “Paulina”, de Santiago Mitre.

- Premio Cooperación Española: “La Tierra y la Sombra”, coproducción de César Augusto Acevedo, en la que también contribuye Colombia, Chile, Brasil, Países Bajos y Francia.

- Premio FIPRESCI: repite “El Apóstata”, de Federico Vieroj.

- Premio FEROZ Zinemaldia: muy acertado “Truman”, de Cesc Gay.

- Premimo SIGNIS: para la georgiana “Moira”, de Levan Tutberidze. Mención especial también para “Amama”, de Asier Altuna.

- Premio de la Asociación de Donantes de Sangre de Guipúzcoa, a la Solidaridad/Elkartasun Saria: “Freeheld”, de Peter Sollett, la cinta que protagoniza Julianne Moore y Ellen Page basada en la historia real de Stacie Andree, una enferma terminal, que, junto a su pareja Laurel Hester, luchó por conseguir una pensión de viudedad para su novia. 

- Premio Sebastiane: de nuevo recae en el largometraje “Freeheld”, de Peter Sollett.


jueves, 24 de septiembre de 2015

EL VACÍO DE LA BURGUESÍA (1968)


El director y guionista italiano Pier Paolo Pasolini no podía desaprovechar la ocasión para dar salida a su obra en pleno año revolucionario. En 1968, el séptimo arte se convirtió en la plataforma perfecta para propagar los ideales de un movimiento que se desarrolló de forma paralela al cine más comercial. Su cinta “Teorema” se erige sobre la visión de la familia burguesa, sobre la que vuelca todos sus pensamientos y reflexiones intelectuales para realizar una crítica mordaz de esta clase social y de los instintos más básicos que, como seres humanos, poseen, pero que, de cara al exterior, prefieren ocultar.

Así es cómo surge la figura del visitante (Terence Stamp), del joven que se cuela en sus vidas gracias a la invitación de su amigo Pietro (Andrés José Cruz Soublette). Tan sólo es necesario un verano para que el protagonista consiga encandilar a cada uno de los miembros. Lucia, la madre (Silvana Mangano) cae rendida al instante ante tan atractivo muchacho y estupendo oyente, mientras que su hija, Odetta (Anne Wiazemsky) se deja embriagar por la pasión de la juventud. El padre, Paolo (Massimo Girotti), parece resistirse más, pero termina dejándose llevar ante la magia que su invitado despliega. Con el fin de la temporada vacacional, el visitante desaparece, generando un fuerte trauma entre todos los personajes, que sienten la pérdida profundamente y hasta límites exagerados. Infelices y vacíos, cada uno de ellos sufrirá las consecuencias de una ausencia que les ha dejado marcados de por vida.

“Teorema” no ha sabido envejecer como debiera, por eso, es necesario tener presente su contexto en todo momento, puesto que, ya de por sí, se muestra una narración muy poco dinámica, desarrollada a fuego tan lento que, a veces, da la sensación de que no pasa nada. Cada escena encierra una gran carga ideológica suministrada a partir de metáforas que exigen de un mayor esfuerzo intelectual por parte del espectador. No es sencillo disfrutar de una obra de este calibre, puesto que Pasolini no pensó en el futuro de su trabajo, sino que se centró principalmente en la generación luchadora del momento, en la sensación de sentirse identificados por una causa y en la de concienciar a quienes aún no se habían dado cuenta de esa necesidad de cambio, de la inminente ruptura con el conservadurismo.

El autor expone a la burguesía ante su sexualidad, sus debilidades y su más pura decadencia, algo que, obviamente, generaría una gran controversia por una degradación que el séptimo arte no acostumbraba a recoger y que el largometraje recoge no sin cierta torpeza en su planteamiento. Esa lucha de clases entre trabajadores y burguesía queda reflejada en un primer plano, con unos protagonistas casi decadentemente caricaturizados, frente a la asistenta, Emilia (Laura Betti), que representa al obrero y que al final es la que mejor sale parada. Un mensaje que especialmente queda expuesto a partir de su montaje, que cobra una gran importancia al aportar parte de esa ideología que el cineasta pretende mostrar y que, sin embargo, despierta un gran número de interpretaciones. Tal vez el personaje principal sea la viva imagen de la fe, de los ideales o del mismo tradicionalismo burgués al que se aferran y que les es arrebatado, sumiéndolos en un auténtico agujero negro vital en el que se sienten perdidos, sin razón de vivir.

El amor que les entrega el visitante parece aprovechado, vacuo, sin sustancia, pero, pese a su fugacidad, consigue extraer todas las fragilidades, las miserias más ruines de quienes, según Pasolini, son los principales enemigos de la renovación social. Una realidad aparentemente atemporal y fría que contrarresta la pasión por la que se deja llevar la familia. El reputado actor Terence Stamp es la pieza clave, el engranaje que hace funcionar “Teorema”. Parece disfrutar en un papel que otorga vida para luego quitarla, una especie de ángel de la muerte que les escucha detenidamente, les estudia y les aporta más de lo que ellos nunca podrían haber imaginado tan sólo con su presencia. Una apuesta segura para el cineasta que, a parte de contar con toda una estrella, también completa su elenco con una de las caras más famosas de la nouvelle vague y, en sí, del cine de autor europeo de la época. Hablamos de la joven Anne Wiazemsky que, en esta ocasión, luce enfermiza, retraída, una adolescente ensombrecida que termina por ser eclipsada hasta el extremo. Tampoco podía faltar Laura Betti, una de las musas del realizador y que, como siempre, hace frente con gran maestría un personaje que, al principio, no tiene gran importancia, pero que va adquiriendo mayor peso conforme avance el metraje, posicionándose como elemento esencial en los minutos finales. El resto del reparto, igualmente, realizan un trabajo más que correcto, destacando a Silvana Mangano que desempeña una labor interpretativa fantástica, desde sus seductores gestos y mirada hasta su pérdida de luz al quedar sumida en la más pura tristeza por la ausencia del visitante.

“Teorema” es toda una explosión ideológica de apacible imagen y perfección técnica. Un largometraje perseguido por el contexto histórico, aspecto fundamental para poder entender el mensaje que exhibe Pasolini y que hacen de este filme (y de otros muchos creados bajo el halo revolucionario del 68) una producción indispensable para todo cinéfilo por su gran valor generacional y su aportación al cine italiano.

Lo mejor: la fabulosa actuación de Terence Stamp que, con tan poco diálogo, sabe expresar más que ninguno. El peso histórico de la cinta.

Lo peor: su sosegado ritmo puede acabar con la paciencia de quien no está acostumbrado a ver este tipo de películas.



martes, 22 de septiembre de 2015

DEVUÉLVEME MI ALMA (2009)



El alma sigue siendo uno de los grandes misterios que el ser humano intenta desenmarañar. Una pieza de nuestro engranaje que no sabemos si se puede manejar o llegar a transformar en algo material, si es tan imprescindible como se dice que es y, lo que es más importante, si existe realmente o tan sólo son fábulas religiosas que justifican un aspecto que va más allá de nuestra comprensión. El séptimo arte ha coqueteado con este tipo de cuestiones, consiguiendo que más de una cinta se elevara al nivel de culto. Nuestro limitado conocimiento en este campo hace que sea todo un manjar para la ciencia ficción y que, sea cual sea el argumento, se parta de una premisa que siempre resulta más que interesante.

La directora y guionista francesa Sophie Barthes se involucra en esta temática con su debut, “Cold Souls”, película independiente en la que figura el actor y comediante estadounidense Paul Giamatti interpretándose a sí mismo, un actor de teatro en plena crisis personal, puesto que no funciona bien en la cama y se siente mentalmente bloqueado e incapaz de interpretar su próxima obra, “Tío Vania”, del dramaturgo ruso Anton Chéjov. Sufre estrés, ansiedad, inseguridad y una total insatisfacción por la vida que lleva. Un día, recibe la llamada que le lleva a visitar una extraña empresa en la que podría encontrar la solución a sus problemas a partir de un revolucionario proceso. El Doctor Flintstein (David Strathairn) le ofrece la posibilidad de extraer su alma momentáneamente, depositarla e insertarle una nueva con sus propios recuerdos y experiencias. Giamatti no se siente confiado, pero acaba accediendo con la esperanza de un amanecer distinto. Sin embargo, después de probarla, no está del todo satisfecho y acude a recuperar la suya, pero para entonces ya es tarde, su alma está en Rusia.

Una idea fantástica y arriesgada que Barthes ha sabido pulir en un principio, aunque el guion muestre serios altibajos a medida que se acerca el final y que, por desgracia, consiguen mermar la atención del espectador. Humor mordaz y dramatismo se fusionan para crear un producto inteligente que emana directamente de otros largometrajes existencialmente similares que ya obtuvieron un merecido éxito. Hablamos de, en primer lugar, una pieza clave de este imaginario, “Cómo ser John Malkovich” (Spike Jonze, 1999), con las referencias del actor interpretándose a si mismo mientras desea ocupar el lugar de otro. Igualmente, es inevitable también acercarse de nuevo a “¡Olvídate De Mí!” (Michel Gondry, 2004), que nos adentra aún más en los misterios de la mente humana para borrar todos aquellos dolorosos recuerdos. La esencia, esa búsqueda de la felicidad cuando uno se ve sumergido de lleno en la depresión, es lo que “Cold Souls” comparte con estas grandes cintas. Retorcidos ejemplos que siempre invitan a la reflexión, dejando un poso difícil de olvidar. La autora se suma a tal corriente de inquietudes, pero, a pesar de que el inicio del metraje engancha desde el primer minuto, no es capaz de profundizar, permaneciendo siempre sobre una capa superficial que podría haber conquistado a quienes no sólo gustan de las rarezas, sino también de las pequeñas joyas que ofrece el cine independiente.

Es innegable cierto grado de originalidad y frescura que se respira a lo largo de los casi 100 minutos de duración. Surrealismo neurótico plagado de excentricidad y crítica satirizada tanto al tráfico ilegal de órganos como a esa oleada de insatisfacción generalizada que embriaga a las personas actualmente, pero no consigue adentrarse en el punto de vista más psicológico del supuesto alma, haciendo más asequible su disfrute, pero obviando a todos los que prefieren una carga reflexiva tras su visionado. Por el camino se pierde parte de la emoción y empatía que debería aportarnos el drama, navegando por una narración que podría haber sido mejor explotada.

Contar con Giamatti, al menos, hace que la parte interpretativa esté salvada. Actuar como uno mismo en una situación nueva es un trabajo arduo que el artista realiza con total fluidez y naturalidad. Un carisma que traspasa la pantalla y que nos atrapa con su gran intensidad en un ejercicio actoral perfecto como pilar fundamental de esta historia. El actor comparte protagonismo en las mejores escenas con Strathairn gracias a la estupenda química que se respira entre ambos. Por desgracia, Barthes no ha sabido aprovechar como debiera la participación de Emily Watson en su papel de Claire, la esposa de Giamatti, desaprovechando en demasía a la popular actriz que cuenta con una escasa intervención.

“Cold Souls” está bañada por una atmósfera llena de frialdad, obra del director de fotografía estadounidense Andrij Parekh. Visualmente impecable, la cinta no deja de ser un interesante comienzo en la carrera de esta autora, que, posteriormente y con menor acierto, se adentró en el drama de época con una nueva versión del clásico literario “Madame Bovary” (2014), junto a Mia Wasikowska, Ezra Miller y, cómo no, su ya indispensable Paul Giamatti.

Lo mejor: en términos generales, se trata de un interesante filme que invita, como buenamente puede, a la autorreflexión. Para ser una ópera prima, la labor técnica es magnífica.

Lo peor: la desperdiciada Emily Watson. Los fallos de guion evidencian el poco riesgo que ha querido tomar la cineasta.



lunes, 21 de septiembre de 2015

UNA NOCHE INTERMINABLE (2013)



Parece que siempre seguimos el mismo patrón, pequeños presupuestos para unas grandes mentes creativas que no reciben ayudas institucionales de ningún tipo y que funcionan con medios limitados. Uno de los ejemplos más claros es el de “La Noche del Ratón”, la ópera prima del director vasco David R. Losada y su equipo. Un llamativo thriller que cosechó notables éxitos a través de la red de festivales internacionales por la que circuló y que logró meterse en el bolsillo tanto al público como a la crítica. Las cuestiones sobre difusión ya son punto y a parte, ya que, como por desgracia sabemos, este tipo de cintas no encuentran hueco entre las grandes salas, sino que suelen verse más bien en las más pequeñas, en los cines de barrio de escasas ciudades y por muy poco tiempo. Una lástima que sólo tengan cabida en los festivales y que, pese a la gran acogida en éstos, aún les cueste encontrar su sitio a la hora de ser exhibidas al gran público.

Independientemente de esta falta de apoyo, nos centramos en la fantástica historia que este largometraje nos presenta. Sandra (Miriam Cabeza) debe salir a trabajar en plena madrugada, dejando a Álvaro (Mikel Martínez), su pareja, solo en casa y enfadado por la situación, puesto que, para colmo, Jorge (Unai García), su compañero de trabajo, viene a recogerla. El largo trayecto hasta el trabajo se llena de conversaciones, risas, discusiones, mensajes que Álvaro envía al móvil de Sandra y silencios incómodos entre los dos amantes. Su relación es secreta, pero, mientras Jorge se desespera por tener que esconderse siempre o verse obligado a dar una vuelta a la manzana para poder besarla, Sandra parece no tener prisa en destaparlo, aunque no soporta que su novio no trabaje y simplemente se quede fumando en el balcón durante horas. Un alto en el camino para repostar en una gasolinera hará que su apacible viaje se convierta en una auténtica pesadilla con la llegada de un tercer personaje que les impedirá llegar a la reunión.

Una trama de la que apenas podemos desvelar detalles para no estropear su efecto sorpresivo, aunque sí debemos recalcar que, tanto R. Losada como Rubén Ávila, han volcado toda su imaginación para crear un guion eficaz que sabe mantener la atención del espectador durante los 80 minutos de duración. Es cierto que el argumento posee más de un altibajo, escenas que funcionarían si se hubieran desarrollado de otra manera, puesto que, en alguna que otra ocasión, las acciones de Jorge se muestran algo repetitivas. Su pausado ritmo nos ayuda a digerir los hechos que se van sucediendo y que se convierten en casi tiempo real cuando los protagonistas llegan a la gasolinera. El cineasta sabe muy bien cómo jugar sus cartas, mientras rompe un esquema tras otros. Partimos de una premisa, un triángulo amoroso del que pronto nos olvidaremos, ciertas pinceladas de humor negro, algún toque gamberro, coqueteos con aspectos surrealistas de una mente perturbada y un final rompedor que no es nada típico y deja algunas cuestiones sin resolver para gozo de quienes gustan del digerir lento del séptimo arte, de  darle vueltas a los visionados. Todo ello hace que “La Noche del Ratón” no sea una película más y que justifique por qué ha conseguido meterse en el bolsillo al público.

La mayor parte del peso interpretativo lo lleva a sus espaldas el actor Unai García, una cara hasta ahora desconocida que realiza una notable y muy sufrida labor. Sí es cierto que, en escasos instantes, parece inverosímil su actuación, pero sabe manejarse con total soltura en un papel de cierta dificultad al desplegar un sinfín de registros. Por su parte, su compañera de reparto Miriam Cabeza, con la que disfrutamos actualmente en la serie de televisión “Gym Tony” como la extravagante Vanessa, mantiene una perfecta química con el protagonista.

Peru Galbete lleva a cabo un trabajo fotográfico impecable y bien estudiado, creando una atmósfera de suspense realmente efectiva. Iluminación y sonido van al compás de la acción, intensificando los momentos de mayor tensión y generando esa inquietud en el espectador que es básica de todo buen thriller que se precie. No obstante, a veces el silencio produce un mayor desasosiego, algo que se podría haber aprovechado para mejorar determinadas escenas. Íntegramente nocturna y rodada en Irún, Donostia y Hondarribia, la cinta se detiene enseguida en un único emplazamiento, aportando más agonía y efecto a las calamidades que sufren Jorge y Sandra.

“La Noche del Ratón” es arriesgada, eficaz y realmente cruda. Un estupendo ejercicio cinematográfico y todo un verdadero ejemplo de que, para hacer buen cine, no es necesario contar con un gran presupuesto, sino con unas mentes perversas que saben jugar perfectamente con las reglas del buen thriller.

Lo mejor: los giros sorpresivos y la lograda atmósfera de suspense de la que hace gala.

Lo peor: alguna escena que abusa de la banda sonora, ciertos momentos que resultan repetitivos.



viernes, 18 de septiembre de 2015

EN RECUERDO DE LA SANGRE DERRAMADA (1949)



Pocos trabajos son capaces de dejarnos tan extenuados tras su visionado como lo hace “La Sangre de las Bestias”, un documental de corte surrealista que encierra un durísimo mensaje expresado a través de unas imágenes que muestran la cara más cruel del ser humano (para muchos, incluso, alcanzaría a ser calificado como gore). El director francés Georges Franju convirtió su debut tras las cámaras en toda una revolución internacional hasta el punto de elevar su obra al nivel de una pieza esencial no sólo en la trayectoria del séptimo arte, sino también dentro de nuestra historia contemporánea y es que su explícita metáfora encierra los horrores de la Segunda Guerra Mundial, conflicto que el propio autor vivió de primera mano y que, por supuesto, deseaba dejar constancia de tal atrocidad.

Narrada por los actores galos Georges Hubert y Nicole Ladmiral, la cinta plasma la rutinaria labor de un matadero de la periferia de París. Los primeros instantes del metraje recorren una ciudad convertida en escombros tras el fatal acontecimiento para, después, dejar a las espaldas lo que simplemente es el contexto de la matanza que se sucede tras los muros de esa cárcel animal. Sin filtro alguno, el cineasta nos desvela cómo caballos, terneros y ovejas son degollados mientras se retuercen de dolor, desangrados hasta su muerte y descuartizados salvajemente para que sus carnes sirvan de alimento a los que viven fuera de esas gigantescas puertas. Un filete servido a la mesa de quien ignora la clase de espantos que se han sucedido hasta llegar esa comida a sus manos.

Visto así, no es de extrañar que este cortometraje se haya convertido en un pilar fundamental para vegetarianos y veganos, pero, para Franju, este no era el objetivo de su espeluznante obra. Son pocos los que logran mantener su mirada de principio a fin y es que, a pesar de ser tan sólo 20 minutos de duración, cada escena retuerce la anterior hasta convertirse en un “espectáculo” insoportable para todo espectador con un mínimo de sensibilidad. Un recuerdo al nauseabundo Holocausto nazi que, por lejano que ahora nos parezca, será imposible de olvidar.

“La Sangre de las Bestias” no desaprovecha ni un solo segundo y es que, incluso, también hay tiempo para resaltar una pequeña crítica a la iglesia con la aparición de unas monjas que compran esa carne tan sacrificada de la que desconocen todo el mecanismo por el que ha pasado. Sí, hablamos de “mecanismo” aunque pierda toda clase de emoción humana y es que para los trabajadores del matadero o campo de concentración, esos verdugos enmascarados en la piel de unos carniceros, solo se trata de realizar sus rutinarias tareas como cualquier otro empleo, a pesar de que, para ello, implique asesinato y dolor con el fin de ganarse su salario en una época de especial dificultad para la supervivencia.

Pocos olvidarán las desagradables imágenes que contiene este cortometraje, al igual que muchos intentarán llegar al final como si de un reto cinematográfico se tratase. Cada escalofriante e impactante detalle queda instantáneamente grabado en uno de los documentales más importantes del siglo XX que nos invita a interiorizar una mínima parte del sentimiento que se respiraba durante la década de los 40, un aspecto que pocas cintas logran proyectar tan cercanamente entre su público.

Con el simple y auténtico sonido ambiente de silbidos y chirridos, el autor pone especial énfasis en los prodigiosos encuadres de los que hace gala. Franju expresó que, si hubiera rodado en color, las imágenes hubieran sido repulsivas y, una vez visualizado, comprendemos que, tal vez, si hubiera sido así, muy pocos elegidos habrían llegado a los minutos finales, puesto que, aun en blanco y negro, sigue siendo uno de los trabajos más perturbadores sobre el Holocausto, por lo que, insistimos, abstenerse de su visualización si sois demasiado sensibles.



jueves, 17 de septiembre de 2015

LAS MISMAS LOCURAS DE SIEMPRE (2015)



Como cada año, no puede faltar alguna que otra producción con una boda como telón de fondo. Todo un clásico en las comedias románticas en las que las peripecias de los personajes son el principal atractivo de una historia de amor que ya sabemos cómo acaba: pasando por el altar. Este año no iba a ser menos y uno de los títulos que han visitado la cartelera española no es otro que “El Gurú de las Bodas”, bajo la dirección del cineasta norteamericano Jeremy Garelick, que debuta tras las cámaras después de su andadura como guionista en el largometrajes “Separados” (Peyton Reed, 2006), que protagonizaron Jennifer Aniston y Vince Vaughn, o la serie de televisión “The Rebels” (2014) junto a Jon Weinbach.

Para esta ocasión, no sólo lleva la batuta de mando, sino que, además, colabora de nuevo con Jay Lavender para crear la historia de Doug Harris (Josh Gad), un hombre aparentemente absorbido por su trabajo, que va a contraer matrimonio con Gretchen Palmer (Kaley Couco-Sweeting). El problema es que la fecha se acerca demasiado y el novio sigue sin presentar a sus supuestos padrino y testigos. Doug no tiene amigos, por lo que, en un arrebato desesperado, contrata a Jimmy Callahan (Kevin Hart) para que se haga pasar por su mejor amigo Bic (sí, como la marca de bolígrafos y maquinillas de afeitar), un supuesto cura militar de pasado dudoso. A él se suma todo un equipo de amistades de lo más variopinta y que tendrán que hacer creer a la familia de Gretchen que están tan unidos como Doug les ha hecho creer.

Sin ir más lejos, la cinta no puede llegar a ser más previsible y simple, reconociendo desde el primer instante lo que ocurrirá al final de todo el conjunto de gags que Garelick despliega. Igualmente, encontramos poca originalidad en su trama y es que parece más un compendio de “los mejores tópicos de las comedias”, con escenas que nos recuerdan a las locuras de la despedida de solteros de “Resacón en Las Vegas” (Todd Phillips, 2010), algunas aventuras familiares como las de “Los Padres de Ella” (Jay Roach, 2000) y, quizá, la más predecible por su argumento, “Hitch, Especialista en Ligues” (Andy Tennant, 2005), con Will Smith como el casamentero, incluso, para casos imposibles.

Así es cómo no encontramos ni una sola sorpresa en los 100 minutos de metraje y, sin embargo, resulta tan dinámica y ágil en su desarrollo que no deja caer el ritmo en ningún momento, siempre y cuando tengamos presente que es mejor visualizarla con pocas o nulas expectativas. Es curioso cómo aún podemos soltar alguna que otra carcajada con escenas que hemos visto utilizar en la mayoría de comedias exhibidas en la última década, a lo que se suma unas cuantas medias sonrisas que, al menos, ayudan a pasar un agradable rato viendo las alocadas aventuras y gamberradas de un grupo tan extraño.

Tras ese humor absurdo, se esconde una realidad demasiado conocida en nuestros días. Ya es habitual ver cómo la gente reúne cientos de seguidores a través de sus redes sociales, pero, en contraposición, la imagen del íntimo amigo de toda la vida empieza a convertirse en casi un mito para muchos. La complicada vida de Doug le ha transformado en un ser solitario a la fuerza. Halagado por el cariño de la despampanante y estirada Gretchen, no duda en hacerla feliz con todo lo que está a su alcance. Kely Couco se muestra correcta, pero eclipsada por la química entre Josh Gad y Kevin Hart, que, después de todo, son los principales protagonistas de los momentos más hilarantes. Junto a ellos, vemos desfilar caras conocidas como las de Olivia Thirlby, Alan Ritchson, Jorge García, Cloris Leachman o Ken Howard.

Efectivamente, “El Gurú de las Bodas” trae buenas intenciones, al menos en cuanto a entretenimiento se refiere, pero es totalmente prescindible e igualmente olvidable. Meteduras de pata, locuras y un sinfín de mentiras que tapar con un plan a la vista, que Doug no sólo consiga casarse, sino que, además, Gretchen le vea como todo un triunfador que puede presumir de grandes hazañas y amigos.

Lo mejor: alguna que otra escena nos permite pasar un agradable rato.

Lo peor: no deja de ser más de lo mismo, puesto que su falta de originalidad no innova en cuanto a comedia romántica y gamberra se refiere.



miércoles, 16 de septiembre de 2015

LAS CENIZAS DE LA FAMA (2006)



Independientemente de la imagen que el tiempo ha dejado de Andy Warhol, resulta más que innegable su faceta de artista, a quien se le atribuye todo el mérito del nacimiento de la corriente Pop Art de la década de los 60. Su aportación a la historia también viene empañada por el círculo que él mismo creó alrededor de su figura. Venerado por la popularidad que adquirió gracias a su gran carisma, pronto surgiría una especie de club social que él mismo manejaba y es que sólo los bohemios que buscaban un hueco en el mundo de la fama, podían encerrarse en el codiciado Factory, el estudio en el que Warhol daba rienda suelta a su creatividad. Allí dentro, desbordados por el consumo de drogas y por la magia que la controvertida estrella desprendía, se dejaban manipular por el artista para las creaciones de sus obras plásticas o para los coqueteos que tuvo con el séptimo arte a cambio de poder ser parte de la multitud de fiestas y actos sociales exclusivos a los que él decidía acudir junto a este grupo de elegidos. Para él, todos merecían unos minutos de notoriedad, pero, una vez que los exprimía, ya de nada le servían y pasaba a desecharlos. La caída sonaba estrepitosa y un ejemplo de ello fue el de la muñeca rota Edie Sedgwick, musa que pasó de ser idolatrada a ignorada, de celebridad a mito en cuestión de escaso tiempo. La amistad entre ambos se esfumó de la misma forma en que surgió, de forma rápida e interesada.

Precisamente, su retrato queda plasmado a través de la penúltima película de ficción del desaparecido director estadounidense George Hickenlooper, “Factory Girl”. El biopic de Sedgwick viene protagonizado por la actriz Sienna Miller, que da vida a una mujer criada en el seno de una familia rica que decide abandonar su casa para evitar confrontaciones con un autoritario padre y dejar atrás un desafortunado pasado. Su traslado a Nueva York hace acrecentar su esperanza por vivir en la cúpula más bohemia de la ciudad, esperando que, al menos, cambie su destino y se convierta en una más de esa élite. Así es cómo conoce a Warhol (Guy Pearce), con quien entablará una amistad fuertemente hermanada en apariencia, al igual que se relacionará con artistas del momento, como The Velvet Underground o Bob Dylan (Hayden Christensen), y entrará en un círculo vicioso de sustancias ilegales, derroche, sexo y abusos sin retorno.

Este tipo de largometrajes, basados en la vida de una persona de renombre, suelen profundizar en la parte más sórdida, en el lado más oscuro del protagonista, o bien acaban en el polo opuesto, deslizándose de puntillas por este tipo de cuestiones para terminar extendiendo esa aura que idolatra una perfección fantasiosa. En este caso, Hickenlooper se mantiene justo en el medio, en esa elegante línea de entretenimiento que no busca el morbo fácil ni encumbrar a quien, como Sedgwick, se ve inmerso en un glamuroso mundo de autodestrucción. Por supuesto, no decantarse por una de las dos vertientes más comunes pasa factura a un guion que, por momentos, se siente tan perdido e incoherente como sus personajes, algunos de ellos sin utilidad dentro de la historia.

No obstante, su resultado consigue conmover, en especial, por las estupendas interpretaciones del reparto. Dejando a un lado el evidente parecido de Miller con Sedgwick, la actriz logra transmitir perfectamente la fragilidad, dulzura, alegría e inocencia de la protagonista, pero el caso de Pearce llama aún más la atención y es que parece asombroso cómo ha sabido captar cada aspecto de la personalidad de Warhol, con sus mismos gestos e, incluso, su tono de voz. Prácticamente mimetizado, enmarca de forma brillante ese lado más vividor y sin escrúpulos de quien, en realidad, es todo un interesado y, en cambio, utiliza su fantástico carisma para embriagar a todo aquél que le conocía. Y mientras la joven se consume poco a poco entre las manos de la fama, Warhol se alza en pie junto a todo aquél que sabe manejar su suerte, transformar una efímera popularidad en un estrellato asegurado, como el encabezado por el actor Christensen en el papel de un supuesto Bob Dylan, a quien reconocemos claramente por los clichés más famosos de él.

El cineasta nos deja en bandeja un interés mucho más seductor a simple vista como es la maravillosa ambientación del Nueva York más sesentero, que se encuentra bañado por la cultura underground del pop. Un mundo primordialmente social y provocativo, en el que los más bohemios abanderaban la libertad, el progreso y la necesidad de un cambio en tan mundana realidad. Así es la esencia que se respira en “Factory Girl” y que Hickenlooper retrata a la perfección.
 
Lo mejor: su dinámico ritmo nos permite conocer de cerca no sólo la vida de Edie Sedgwick, sino también una parte de la historia del arte, como es el Pop Art y todo lo que le rodea. La estupenda interpretación de Guy Pearce, que se hace totalmente con el personaje de Warhol.

Lo peor: su guion flojea por momentos, pero, aún así, logra mantener nuestra atención.



martes, 15 de septiembre de 2015

NO CIERRES LOS OJOS (2008)



El famoso director surcoreano Kim Ki-Duk nos traslada al mundo onírico gracias a “Dream”. La que es su obra número 15 se ve claramente afectada por la crisis en la que el autor se encontraba inmerso. Y es que, como comentábamos a través de la crítica de otra de sus cintas, “Amén” (2011), el propio realizador se percató de cómo todo el esplendor de su creatividad empezaba a ir cuesta abajo para verse sumergido en una creciente depresión que llegaría a plasmar en su única pieza documental, “Arirang” (2011) y que, pos desgracia, se vería acrecentada por el accidente que tuvo la actriz principal de este filme, Lee Na-Young, que casi muere ahogada al realizar una de las escenas.

Independientemente de sus éxitos y fracasos, el cineasta es difícil que pase desapercibido haga lo que haga, puesto que cada una de sus producciones siempre contienen ese toque personal lleno de poesía visual sin grandes recursos ni extravagancias y su bella sensibilidad en la forma de tratar las historias que pasan por sus manos, ya sean sumamente delicadas o extrañamente bizarras, como estamos viendo en los últimos tiempos y en su nueva etapa profesional.

Sin embargo, “Dream” quedó relegada a ser una obra menor en su filmografía y no porque su premisa no fuese interesante, sino porque el trato de ésta resulta más que disperso, llegando a extenderse demasiado a lo largo de unos innecesarios 95 minutos de duración. La percepción entre la realidad ficticia y el mundo de los sueños encuentra su hueco en la relación entre Jin (Jô Odagiri) y Ran (Lee Na-Young). La cinta comienza con la fantasía del protagonista, un hombre de procedencia japonesa que, mientras duerme, ve cómo se causa un accidente. Tal suceso resulta haberse producido de verdad, pero desconoce quién conducía el coche. Poco a poco descubre que, durante sus descansos y constantes pesadillas, la joven Ran, que es sonámbula, los lleva a cabo. Su conexión les obliga a unir sus fuerzas, pero el pasado no deja de ser el causante de su presente. Jin no es capaz de olvidar a su expareja, pero Ran, tras su ruptura, intenta dejar atrás a su exnovio a pesar de que los sueños le impiden cortar con él definitivamente.

Una historia de superación, de querer y no poder, de desear días anteriores haciendo insufrible la vida actual y de pretender superar el ayer que siempre persigue e impide vivir un futuro tranquilo y feliz. Su espléndido comienzo nos hace pensar que Ki-Duk ha regresado a sus buenos tiempos, pero, con el transcurso del metraje, el ritmo decae estrepitosamente, perdiendo toda la intriga posible de una trama que la necesitaba para poder crecer. Su narración se muestra como una especie de bucle onírico que asfixia tanto a los personajes como a la acción y es que, de repente, los hechos suceden una y otra vez de forma similar, forzándonos a desfilar por una delgada línea entre el aburrimiento y las ganas de llegar al desenlace. No obstante, sus minutos finales nos llevan a regresar a la verdadera esencia de su autor, a las impecables imágenes de una conclusión que va más allá de estas mismas, de los escasos diálogos que tanta magia crean a su paso y de esa poesía que le hizo brillar a nivel internacional como uno de los realizadores surcoreanos de referencia.

Tanto el actor nipón Odagiri como Na-Young cumplen su limitado cometido a la perfección, aunque sus personajes pierdan cierto interés al zambullirse en la burbuja surrealista de la que a su director le cuesta salir. Mientras que ella asume su papel como coreana de a pie, él habla en japonés y, curiosamente, parece que todos le entienden sin problemas, un detalle que le otorga cierto aire inverosímil a la cinta.

“Dream” no deja de ser original, pese a beber de los recursos más fáciles de sus trabajos anteriores y sí, precisamente por ésto no pertenece a ese grupo selecto de obras de Ki-Duk que son indispensables para todo cinéfilo. Como siempre, técnicamente intachable con efectos visuales realizados por Kang Chang-Bae, todo un veterano en cine nacional que ha participado en producciones de gran envergadura como “Thirst” (Park Chan-Wook, 2009), “Mother” (Bong Joon-Ho, 2009) o “Snowpiercer (Rompenieves)” (Bong Joon-Ho, 2013) y que, una vez más, luce su grandeza, aunque para disfrutarlo haya que acudir al desenlace del metraje.

Por suerte, Kim Ki-Duk sigue manteniendo activa nuestra mente con posibles interpretaciones de sus obras y, por supuesto, “Dream” no iba a ser menos. El tormento del pasado nos persigue si no conseguimos romper con él definitivamente, si no dejamos marchar todo lo que nos impide ser felices y nos instiga a un presente lleno de dolor y rencor. Quizá sea la idea más sencilla de extraer, pero tras ésta, se encuentra una parte de la vida del autor, que ayuda a comprender su humana trayectoria y que, aunque no disculpa sus errores, sí que nos continúa conquistando, mientras exploramos las diversas facetas de tan interesante y único artista.

Lo mejor: tanto el principio como el final de la cinta contienen escenas de pura belleza técnica.

Lo peor: el guion no sabe cómo mantener el interés de un espectador que llega a cansarse con tantos juegos oníricos demasiado idénticos.


jueves, 10 de septiembre de 2015

EL SÍNDROME DE PETER PAN (2014)



En España, seguimos teniendo esa manía de traducir títulos al gusto de quien los crea. Así es como llegó a la cartelera nacional la comedia romántica “Las Novias de Mis Amigos” o, lo que es lo mismo, pero no es igual, “That Awkward Moment”. Es curioso ver cómo siempre se opta por lo más fácil y lo que más abunda, aunque, claro, precisamente esta cinta tampoco es que mereciera un nombre mucho mejor.

El debut del director y guionista Tom Gormican no podría haber sido más simple desde el punto de vista negativo. Su historia parte de una premisa muy poco original, con tres amigos, Jason (Zac Efron), Daniel (Miles Teller) y Mikey (Michael B. Jordan), que intentan evitar a toca costa atarse a una pareja, por lo que, simplemente, se aferran a ligues de una noche sin llegar a conocer en demasía a las jóvenes que conquistan. Con el matrimonio fallido de Mikey, tratan de animarle realizando un pacto por el que ninguno de ellos se comprometerá seriamente en una relación. Obviamente, el hecho de dar este paso, hará que las cosas se compliquen, por lo que resulta inevitable conocer de principio a fin lo que va a suceder sin necesidad de perder los casi 95 minutos que dura esta endeble película.

Aparentemente interminable, la trama de centra en captar la atención del público más juvenil con ideas que se han repetido constantemente hasta la saciedad. En lo que sí podría llamar al interés del espectador es en lo que supuestamente prometía el trailer, que es ese toque humorístico y gamberro que pudiera provenir de sus protagonistas. Esa imagen de entretenimiento vacuo al menos se cumple, aunque no ocurre lo mismo con los divertidos gags que parecía contener y que, una vez más, explotan los elementos más utilizados en este tipo de cintas con el fin de intentar alargar el empobrecido argumento, provocando que, en lugar de unas carcajadas, simplemente emitamos una media sonrisa.

En menos de media hora, el pacto, ese fundamental elemento en torno al que gira la narración, pierde su sentido a la primera de cambio y es que, pese a que los personajes están bastante convencidos de cumplirlo, tienden a saltarse la promesa a la menor oportunidad. Con ello, naufraga cualquier tipo de tensión que Gormican nos haya querido vender, al igual que el hecho de agregar ciertos toques de drama de forma fallida y que al instante se evaporan entre las gracias de sus personajes, los cuales resultan planos de principio a fin.

Tal vez, el cineasta no estuviera seguro ni de su propia obra, punto con el que justificaríamos la participación de jóvenes actores del momento, como Efron o Teller. Es indudable que sus actuaciones en “Las Novias de Mis Amigos” supondrán bien poco en la trayectoria de sus carreras. Mientras que el primero parece sentirse cómodo en las comedias románticas, Teller ya tiene entre sus manos papeles de mayor envergadura a nivel comercial, logrados gracias a ese impulso tomado a partir de su intachable trabajo en la tríplemente oscarizada “Whiplash” (Damien Chazelle, 2014). Sí, es cierto que, junto a B. Jordan, desprenden una simpática química y que, probablemente, su amistad haya sobrepasado la pantalla, pero, más allá de este detalle y de la incorporación al reparto de una encantadora Imogen Poots como Ellie, poco más tiene que ofrecer este largometraje. 

Gormican no pasa la prueba de su debut con “Las Novias de Mis Amigos”, una película plana a la que le cuesta cumplir con su único cometido: entretener. Estereotipada, banal y previsible al máximo, al igual que resulta tan fácilmente olvidable y complicadamente digerible durante sus muy pesados 95 minutos.

Lo mejor: la química entre los personajes.

Lo peor: el abuso de estereotipos y la explotación innecesaria de una idea insulsa.